En las guerras pierden siempre los mismos, toda contienda tiene daños colaterales y las calles son bañadas por ríos de lagrimas de madres que ven marchar a sus hijos a un futuro incierto.

 

En algún lugar, sin lugar; en algún tiempo, sin tiempo; con gentes, sin pueblo y hermanos, sin amor; avaricia por doquier; pestes y enfermedades a diestra y siniestra. En este escenario, es que se sienta nuestra historia.

Al caer el sol de un día cualquiera, de una lucha desesperanzada, con los ríos teñidos de sangre, cuerpos esparcidos en los cuatro puntos cardinales, junto con la puesta del sol, caía en ese momento de manos de un gran militar, un joven luchador, de ideales olvidados por todos, éste moría al ser vilmente atravesado por un hierro asesino de hombres, de un pueblo olvidado. Era Efrain, quien yacía sobre el lodo, ensangrentado, en medio de una batalla desigual, en donde días antes otros habían sucumbido ante la supremacía y la enseñanza de una escuela militar.
El joven subteniente de nombre José, salía victorioso en otro día mas de batalla. Cuando Efrain agonizaba, desangrándose en medio de los suelos, con surcos de la sangre de pobladores levantados en armas contra soldados, nacidos en ese mismo pueblo, y que habían teñido con sus filosas espadas.
Efrain le pide a José que se le acerque a su lecho mortal.
-¿Qué quieres? ¡subversivo! Le dijo José al inexperto soldado; sosteniéndose de su arma mortal.
-¡Te perdono hermano! Estas fueron sus palabras, con su voz moribunda.
El joven militar le vio a los ojos con su ceño fruncido, sin entender porque aquel muchacho le estaba perdonando, por haberle quitado la vida. Con esa imagen en sus ojos, por los cuales caían al suelo gotas de sudor; su mente le fue absorbiendo en el tiempo, apareciendo frente a él las imágenes de un niño de 8 años, que también estaba tirado en el suelo, con el pecho agitándose, después de haber terminado un juego entre amigos. Frente a él, sentado y riéndose de su cansancio, limpiándose los ojos, por donde le corría el sudor causado por la reciente faena, otro niño, de 9 años, de nombre José, se burlaba de su pequeño amigo, Efrain.

-Eres débil Efrain, nunca me has podido vencer.
-Como siempre me tomaste distraído, amigo. Le respondía, Efrain ya con su agitación en su pecho mas débil.
-Dame la mano y volvamos a casa. Recuerda, que hoy dormirás conmigo…
-Pues, eres mi invitado.
Lo levanto del suelo y abrazados se retiraron a la casa de José, donde la madre de éste, les esperaba con la cena lista. Recorrieron parte de la vereda abrazados, el tema era el mismo durante todo el camino. …Que si uno era mas fuerte… ..Que si me hiciste trampa… Haciéndose bromas, a veces caminando y otras corriendo.

José, el militar vencedor, se limpio el sudor y con su voz angustiada le pregunto al subversivo agonizante.
-¿Efrain eres tú? Efrain, sin fuerzas en su cuerpo le sonrió y murió. José tomo el cuerpo sin vida de su amigo de infancia y dejo escapar un grito desolador que estremeció al campo de batalla. Efrain tomo entre sus brazos el cuerpo de su amigo, lo llevo por el camino, hasta llegar junto a un riachuelo que hace tiempo fuera el lugar donde ambos se bañaban después de un juego de niños, en un día caluroso. Lo deposito con mucho cuidado sobre el suelo y le dio cristiana sepultura. Luego de una oración, éste regreso en pensamientos a su infancia.

-¡Nosotros lavaremos los platos, doña Tinita! Le dijo, Efrain a la madre de José, quien asintió con una sonrisa en sus labios. Luego de jugar con el jabón y el agua mientras los pequeños amigos lavaban los platos, se retiraron a la recamara de José.

-¡Te derrote de nuevo amigo y como siempre sin trampas! Le decía, con lagrimas en los ojos, a su amigo recién enterrado.
-¡Perdóname amigo! Repetía el militar, sentado a la par de la tumba, sobándose la cabeza, en señal de desespero.
-¿Todo en orden mi subteniente? Le pregunto un soldado raso a su oficial, quien yacía aun en el suelo.
-¡Todo en orden soldado! Le respondió José a su subalterno, sin levantar la cabeza
-Levante la moral mi subteniente, pues yo ya he matado a varios amigos de infancia y a un primo lejano. Luego de un silencio prolongado, continuo el soldado, quien era mucho mayor que su oficial a cargo.
-Solo cumplimos ordenes señor, ¡ellos eran el enemigo, señor!
-Se equivoca soldado, éste hombre no era mi enemigo, siempre fue mi hermano. Y lo que hacemos no nos justifica. Dijo el oficial a su soldado y prosiguió con esto.
-¿Sabe usted porqué peleamos soldado? El soldado pensó por unos instantes su respuesta.
-Por… ¡la libertad señor! El oficial levanto su cara y vio al soldado raso.
-Vea a su alrededor y dígame que daño le pueden hacer a nuestra libertad estos soldados improvisados, estos hombres sin experiencia, que lo único que quieren es hacerse oír. Nosotros somos los que les estamos robando su libertad, libertad de vivir en su tierra con un poco de decencia. Nosotros somos los invasores, que queremos quitarles hasta su identidad…
-¿me entiende soldado?
-¡si señor!
Yo, crecí con este campesino que hoy yace en esta tumba… ¡fue mi mejor amigo! ¡casi mi hermano!, ¡y lo maté!, ¿entiende?
-Si señor… esas son nuestras órdenes, señor.
-Oigase soldado, todas estas personas entre soldados y pueblo, somos uno solo.
-¿Qué nos hizo verlos como enemigos?… Regresar a la tierra que nos vio nacer y luchar hasta morir con nuestro propio pueblo. Éste, que nos vio crecer y nos dio amistad en nuestras vidas, de niñez y juventud. El soldado no sabia que decir, pues sabia que lo que su oficial le exponía, era cierto.
-No son extranjeros, no son invasores.
-Somos nosotros, somos un pueblo dividido, pero al fin, pueblo. Hablamos la misma lengua, comimos del mismo plato, nos bañamos en el mismo rió, jugamos nuestros propios juegos… Y, ahora nos estamos matando entre nosotros.
-¿Sabe una cosa soldado?
-¿No señor?
Nuestra función debería ser exclusivamente, la de defender nuestra soberanía como país, como pueblo, ayudar a nuestros hermanos en tiempos difíciles, en tiempos de catástrofes, cuando la patria pida nuestras vidas, para defenderlos a ellos, nuestros ahora enemigos. Ésa, debería ser nuestra función…
-¡Si señor! Le respondió el soldado a su oficial, cuadrándose y rindiéndole respeto, no solo por su jerarquía, sino por sus elocuentes palabras.
-Seguramente, así será algún día señor.
-¡Eso espero soldado!, ¡eso espero! Se incorporo el subteniente y junto a su soldado tomaron el camino que los llevaría hasta donde les espera el escuadrón de soldados, quienes descansaban y se curaban sus heridas, esperando otro día para combatir.

Una lucha que no entendían, una lucha, luchaba solo por seguir las ordenes de sus superiores, una lucha contra su propio pueblo e identidad, una lucha en donde jamas habrá un vencedor solo perdedores. Una lucha, en algún lugar, sin lugar, en algún tiempo, sin tiempo.

Pero la batalla de esa tarde, había dejado algo bueno en los corazones de dos soldados, que seguramente estarían peleando al día siguiente. Pero, dentro de sus corazones quedaba una esperanza de que algún día, en algún tiempo, un soldado existiría, para defender a su patria; pero de enemigos reales y no de enemigos inventados. Que pelearían con ejércitos extranjeros y no contra su propio pueblo… Pues, esa es la misión, de un SOLDADO….

Sergio Raga

 

 

soldado- www.albertmariagil.com

 

 

–  Reflexionar sobre los motivos que mueven a la humanidad a representar  actos de esta magnitud es lo que cambia el mundo.
– Intentemos no tropezar con la misma piedra más veces, echemos la vista atrás y pensemos sobre el bien y el mal de una forma global, abstracta, no partidista, ni monoteísta.
– En una guerra no gana nadie, no existen bandos buenos, ni malos, ni Rojos, ni Azules, solo desolación, dolor y Muerte.
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